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  • Foto del escritorRaquel Oliva

Aniversario patrístico


Papa Juan Pablo II saludando al Obispo Eugenio Romero Pose con el cardenal Rouco Varela de fondo

25 de marzo, día de la Encarnación o de la Anunciación, preferimos subrayar el hecho de que el Verbo toma carne de la Bella Cordera. Va terminando el día, aprieta el cansancio, las neuronas están exhaustas de tanto Pléroma y procesión del Verbo en el s. II —tan apasionante como agotador seguir tan abigarrada teología, que diría mi amigo Antonio— y con el cansancio, la inspiración cae como gota gruesa: despacio y mal.


Llego tarde y llegué tarde, no en los planes de Dios, pero sí en el tiempo que pasa. No alcancé a conocerle ni a hablar con él, aunque el pastor parecía querer cazar a la oveja tímida y escurridiza por los pasillos... pero me atrapó, sin esperarlo, su muerte, aquel 25 de marzo, un día cualquiera de mi 4º. Y siempre tengo la cantinela:


Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto.

Y a la sombra de ese árbol crezco yo. Y desde ese día conservo una certeza: Padres de la Iglesia, vida, Jesús.


Y esa certeza me sostiene aún hoy cuando, a veces, se emborrona el “merece la pena” —porque hay una pena, una pena y grande penar que es tan grande que más grande es el fruto que se obtiene para quererla vivir—. Merece la pena este rincón olvidado que exige mucho y ofrece más, que espanta a los amigos de lo inmediato y que acrisola a fuego lento a quien se decide por una ascesis ni buscada ni esperada que es el pan de cada día.


Gracias, Don Eugenio, por ser trigo, pues en una cadena de síes me alcanzó el tuyo como un rayo y, enterrado en tierra, brotó un fruto pequeñito. Entre ovejas y olivas se resume todo.

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