Adviento: Por vocación Esposa y Madre
- Raquel Oliva

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Dos acontecimientos esta semana: el desahogo de una esposa y dos canciones de Bryan Adams me han hecho pensar en la Iglesia que, hoy, entra en el Adviento. En uno que jamás se va a repetir: el Adviento del 1.700 aniversario del concilio de Nicea (325). El desahogo y las dos canciones tenían en común el femenino amor esponsal. Es dicho en teología que la vocación matrimonial y la vocación de la virginidad consagrada a Dios se iluminan la una a la otra. Y, ciertamente, es así. En el matrimonio, Dios ha querido plasmar visiblemente cómo los célibes debemos amar a Dios y cómo debemos amar a los hijos que Él nos da. Porque las vírgenes que han consagrado a Dios su virgnidad no son solteras; su vocación primera y última es ser esposas y madres, cada cual según el carisma recibido. Hay malos matrimonios y hay malas vírgenes consagradas, porque libremente se puede no querer responder a lo que Dios quiere y pensó desde toda la eternidad. Pero aquellos, unos y otros que, en su pobreza tenaz inentan, pese a todo, ajustarse al plan de Dios traslucen modos de amar a Dios que se pueden ver.
La virginidad consagrada a Dios debe amar a las personas divinas como la esposa ama a su esposo. Dios no es un ente, una idea… Dios es tres personas divinas. Las personas requieren cariño, respeto, atención, tiempo... La virgen consagrada contemplativa también tiene que atender a un Esposo que tiene corazón, sentimientos, afectos y deseos: los de Jesucristo, aunque la expresión de este amor esponsal no se materializa en hacer comidas, planchar, etc, etc. Muchas veces me pasa que si digo “voy a Misa”, mi interlocutor sigue con su discurso, como si no importara mucho, en comparación a cuando digo “he quedado con una Persona”; entonces, ipso facto, me libera de la conversación. Y yo pienso, ¿pero es que Dios no son tres Personas? Mi día consiste en amar a Jesucristo esponsalmente, con todo el corazón, el alma, las fuerzas: con mi tiempo ese oro hodierno. Yo no he sido llamada a hacer cosas, en un primer lugar, sino a ser Esposa de Cristo. Y repito, es un Esposo al que me obliga el amor divino así como el específicamente esponsal. Cristo sufre, tiene deseos, pide porque el No indigente quiso necesitar de mí, desea mi afecto, requiere mi atención, le gusta mi compañía, mis palabras, necesitamos abrir nuestros conrazones el uno al otro en confidencias de amor, etc, etc. Lo que viene a ser un desposorio, aunque sea de otra naturaleza y dinámica respecto del matrimonio sacramental.
Secundariamente vienen los hijos, dependiendo del carisma recibido. La virgen consagrada no es una solterona que lee libros y tiene tiempo para sí misma, comiendo sushi, no sé cómo decir, viviendo despreocupadamente, holgada, sus días. Es una esposa que cuida a un Esposo de carne y hueso, con la ventaja de que es Dios y por su parte no hay problemas ni pecados, que ya es bastante. Ahora os digo que es el más exigente de los Esposos. Dios es amor, sí, pero a su Madre la tuvo al pie de la cruz sin ahorrarle nada, sus disípulos murieron en martirio —excepto san Juan— y, en fin, quien trata con Él en intimidad todos los días sabe de lo que hablo. Y es un Esposo que quiere a su esposa “como parra fecunda”. El desposrio con Cristo hace a la virgen consagrada madre, porque la mujer no puede ser otra cosa que hija, hermana, esposa y madre, según el modo propio de la virginidad consagrada. Unas contemplativas cuidan a sus hijos, que son toda la humanidad con oración, silencio, penitencia, ayuno; otras cuidan la carne de Cristo en los pobres, los ancianos, los niños, etc. A mí, mi Esposo me engendró presbíteros. No es de la prole más sencilla… tengo por hijos al Papa, que no es cualquier cosa, obispos corruptos, también santos; presbíteros pedófilos; presbíteros encontrados con drogas y juguetes sexuales; presbíteros amancebados, presbíteros en sectas satánicas; presbíteros ambiciosos, otros desilusionados que arrastran su ministerio… en fin. A estos tengos que atenderlos. Pero también tengo que atender a los que caminan en santidad, para que ninguno se pierda. Y luego están los que hay que engendrar para el sacerdocio, que aún ni siquiera han nacido. Toda esta prole exige como poco tiempo, mucho tiempo, sobre todo de oración suplicante, de lágrimas… mucho tiempo. Quien ha entrado en el misterio de la Redención sabe de lo que hablo: la oración de intercesión no es ir a la oración a sentir gustirrinines y descansar en modo zen. La materinidad espiritual arranca de las garras del diablo a los hijos que Él nos da. Es un combate de vida o muerte, y estas, eternas. No es cualquier cosa.
Así pues, cuando el desposorio con Cristo no funciona y se ha enfriado la relación —en este caso, siempre por parte de la esposa, porque el Esposo es un Santo, el Santo Varón— lo primero en la vida, no por tiempo, sino por prioridad en el corazón desviado, son las cosas que hay que hacer: el trabajo (dar clase, hacer pastas, ayudar inmigrantes… lo que sea). El activismo ahoga el ser, el Esposo queda desatendido, y los hijos ignorados.
Pues bien. Adviento. La Iglesia es la Esposa. Todo lo dicho se dice principalmente de Ella. Hacer, hacer, hacer… está de moda. La crisis que vive hoy la Iglesia es metafísica: se ha olvidado, en muchos casos, sobre todo el ministerio ordenado, de que la Iglesia es, en primer lugar, Esposa y Madre, que secundariamente y, como consecuencia de los primero, hace cosas para amar a su Esposo e hijos, pero, lamentablemente hoy, parece que simplemente hace cosas desligadas de su ser primero.
Mira en tu corazón, tú que formas parte del Cuerpo de Cristo, que es su Iglesia. Porque un día Él vendrá, ¿cómo te encontrará?
“El Espíritu y la Esposa dicen: ‘ven, Señor’”.
Marana tha.







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