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  • Foto del escritorRaquel Oliva

Presbítero "cromo"


Antonio Orbe_San Ireneo_Raquel Oliva

Benévolo lector presbítero —que diría mi amigo Antonio— la Ciencia tiene sus exigencias y, aunque muchos son los tesoros que podrían ofrecerte los Santos Padres, nos impide, por ahora, la mencionada Señora, la Ciencia, el regalarte alguna de estas perlas aquí y ahora. Quizá en el futuro puedas encontrar en este espacio algún sosiego en medio de tu ajetreada batalla diaria. Así lo esperamos.

Estás como oveja en medio de lobos, pues antes que pastor eres oveja y entre ovejas y lobos te muerden los lobos porque proteges a las ovejas y algunas ovejas resulta que también hincan dientes. Retrocesos de la evolución que debería el señor Darwin estudiar: la mordida de la oveja-lobo, la que halaga con la lengua y, por detrás, da coz, especie autóctona. El día a veces pesa, la ilusión de antaño, ¿dónde quedó? Soñabas con prender el mundo de la Palabra de Dios... y hoy si alguien te escucha... parece no arderle el corazón por Cristo como debiera, cristianismo a medias del que se dice; y, si bien tienes ovejas gordas y orondas, son las menos. Tus ensoñados viajes paulinos se tornaron en reuniones un día y otro; tus proyectos más entusiastas quizá no salieron como esperabas; el Cura de Ars tenía multitudes y tú, con los años, parece que te vas doctorando en la carrera del Fracaso en la escuela de Charles de Foucauld, paradigma por excelencia de no conseguir en vida cosa alguna productiva para humanos criterios.

Mucha tarea, mucha ilusión, las fuerzas van faltando e incluso se resiente la salud y, ¿a quién le importa? ¿Quién te pregunta cómo estás? Quizá tienes tu Betania; consérvala como oro en paño. Pero ahí guardas un secreto, el de la confesión; penas y sinsabores, las de la dirección espiritual; vidas rotas, matrimonios en peligro, jóvenes perdidos... y en medio de esa impotencia que sientes, ¿quién te ayuda?, ¿quién da alivio a tu corazón sacerdotal que tantas veces llora a solas en esa soledad propia tuya, como presbítero de Cristo? Nuevo destino, a veces sin razones, a veces como quien es pieza de tablero o cromo de cambio, y gozoso vas a dónde no quieres porque quieres seguir a Aquel al que quieres a pesar de sentir un poco, ahí escondidamente, que eres un peón sin nombre, sin rostro, un número para llenar encuestas. Y, ¿a quién le importa? Quisieras un padre que te diera consejos, que posara tu mano sobre tu hombro y te dijera "todo está bien", que te diera consejo, que escuchara tu desahogo... pero, ¿a quién le importa?

Pues a ti te digo: a mí me importas. Quizá no le importas a quien debieras importarle, pero a mí me importas y, como a mí, a muchos anónimos sedientos de Jesús. No te olvides de que fuiste escogido por el Rey Altísimo para ser su siervo y el diablo tiembla. Eso sí, no te enorgullezcas; sea tu gloria portar tu ministerio en vasija de barro.

Benévolo, amadísimo presbítero lector, huye de las falsas promesas de gloria facilona, incluso de la eclesiástica o sobre todo de la eclesiástica; huye también de la soledad que muerde el alma, corre a tus hermanos y busca a los santos; y recuerda que en los Santos Padres siempre tendrás compañía segura. Algunos eran obispos celosos de su rebaño con consejos para tu día a día. San Agustín te dirá muchas cosas con paterna atención, te enseñará a predicar, te enseñará pastoral... arrímate, la Iglesia Madre te brinda tesoros. Los Santos Padres no son escritos, son personas que escribieron y, aunque sin cuerpo... andan medio vivos esperando la resurrección de su carne. Y óyeme: ayudan y ¡cómo! Interceden y ¡cómo!

No estás solo. La Iglesia te abraza y los Santos Padres te pueden ayudar, si te dejas.

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