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  • Foto del escritorRaquel Oliva

Antonio Orbe. Patrólogo enamorado


Antonio Orbe patrólogo

Os dejo por aquí un texto precioso de Antonio Orbe, que me encontré cuando estaba realizando la tesina en teología.



Gracias a Dios que puso al padre Antonio Orbe en mi camino y que es maestro de maestros, porque gracias a él, la #teología no se me ha enseñado -tampoco lo busqué- como un estudio sesudo al margen de la vida, sino como una fuente de la que mana un manantial para #vivir. Alonso, sursum corda.

Yo bendigo mil veces a Jesucristo porque se me ofreció en el inicio de la vida y me atrajo a sí. Rememorando hoy, tengo idea de que me prometió mil cosas en oscuro, en lenguaje de fe. Y lo que a otros no convenció, a mí me convenció. Me ganó primero para que recibiera sus promesas. ¿Cómo me ganó? Lo ignoro. Mientras los sentidos, y sus aliados, me ofrecían de presente, en lenguaje inmediato, mil otras más asequibles, El se presentó en extrañas condiciones, sin ofrecimientos inmediatos, con la promesa de bienes futuros, apenas definibles; y a lo más definibles en lenguaje de iglesia, casi entre humo de sacristía y entre risas de los más, malamente sostenidos en palabras. Si otros no eran de palo a los siete ni a los catorce años, tampoco lo era yo. Hube de parecer de palo en la encrucijada en que los más hacen prueba de sus pasiones y los menos luchan por superarlas. Tengo idea de que me hablaron de la Virgen y de Jesús, y también del infierno y de la eternidad. Mentiría si dijese que aprendí el amor puro de Dios, cuando hoy mismo apenas lo entreveo. Algo hubo que me arrastró a luchar. Me ayudaron los sacramentos. Pasé un largo túnel, hondo de fe y ligero de esperanza, con su poquito —muy poco— de caridad. Ahora entiendo que me llevaban, cuando creía yo caminar. Y no se cansaban de conducirme entre nubes, como Yahvé a Israel. Mientras otros decían gozar, reír, vivir, yo, que me había negado a lo de bulto, nada sentía. Los espirituales han sabido analizar todo esto muy bien.
Sólo sé decir que, cuando menos lo imaginé, me sentí tan enamorado de Jesús, que de golpe se disiparon muchas nubes y comencé a vivir la fe sin fe, a poseer a Cristo sin poseerle, a gozar de Dios fuera de Dios, a superar la esperanza por la presencia, a sufrir deliciosamente y a no poder con la plenitud de Cristo que me aplasta a poco que me dejen solo. Todo cambió. No hablo por lo que me prometían, sino por lo que siento. El Evangelio se traduce en carne y vida. Los sentidos parecen muertos ante la pujanza y vigor del Espíritu. Y sólo me hallo a gusto entre las páginas de Pablo, Teresa de Jesús y otros como ellos; o entre las experiencias de almas que sufren parecida enfermedad. De todo me río. La fase oscura de ayer se me aleja. No acierto a comprender haya podido vivir sin esto de hoy. Viví porque alguien me sostuvo. Y vivo hoy porque me vive el de ayer, con no sé qué presentimiento de no perderle. Todo, en medio de una sensación de miseria. A miserias nadie me gana. Por eso mismo quisiera alertar a otros. No os canséis de seguir en fe a Jesucristo. Aun a torpes como yo les llega el momento de amar. No sabéis lo que os perdéis. Amar sin Jesús es no saber. No sé cómo decirlo. Tampoco soy quién para enseñar a otros. Pero hasta los malos podemos predicar bienes y desear que «sea en todos santificado su santo nombre». Ahora entiendo que es algo duro amar a Jesús sin este amor. Pero merece la pena sufrir años de sequedad para llegar a él[1].
[1] Orbe, Elevaciones, 144-146. Ver también Id., Dios habla en el silencio, 302: “No cambiaría mi suerte por la de nadie, a pesar de mis penas. Ellas me llevaron al amor de Cristo”.
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