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  • Foto del escritorRaquel Oliva

"Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso"


En el monte Tabor Jesús Santiago Pedro Juan Moisés y Elías se refleja el misterio de la transfiguración del señor
La transfiguración del hombre tendrá por medida el cuerpo clarificado del Señor. La sustancia del organismo revestirá la cualidad del espíritu. Al ascender —a raíz del juicio final— a la vida de Dios, se levantará el hombre, por encima de los ángeles, hecho perfecta y definitiva imagen de Dios, y se colocará al nivel de Cristo redivivo, expresión —en carne— de la imagen subsistente de Dios; espejo diáfano, en sustancia físicamente humilde, de las perfecciones del Verbo y del Espíritu. El cuerpo glorioso de Jesús, además de paradigma del hombre perfecto, será vehículo indispensable para que los elegidos suban a Dios y reciban de él la incorrupción y eternidad. Mediador necesario y definitivo para la salvación humana, ninguno irá al Padre —ni siquiera entonces— sino a través de la humanidad deífica del Verbo. Si es uno el Hijo y uno también el género humano, la última y más honda unidad del género humano reside en su comunión de Espíritu con el Hijo. Los hombres no están llamados a la unidad personal con el Padre; sí a la espiritual con él, físicamente derivada del Padre al Hijo; y del Hijo a sus hermanos los hombres[1]
[1] a. orbe, Oración sacerdotal. Meditaciones sobre Juan 17 (madrid 1979) 371.
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